lunes, 27 de julio de 2026

EL MUNDO DE TRUMP Y NETANYAHU

 

Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:President_Trump_Meets_with_Israeli_Prime_Minister_Benjamin_Netanyahu_%2849452465091%29.jpg

No podemos afirmar que la llegada de Trump y Netanyahu al poder sea una realidad totalmente diferente a la vivida por estos países, en su pasado más inmediato, al menos en lo que a la política exterior se refiere.

En el caso de Estados Unidos, un país que, desde la caída de la Unión Soviética (1991), se ha convertido en la única superpotencia del Planeta. Desde entonces, no solo ha considerado a Latinoamérica su “patio trasero”, sino también Oriente Medio. En esta región y, “gracias” a su producción petrolera, las intervenciones de la primera potencia han sido recurrentes: I Guerra de Iraq (1990 – 1991), II Guerra de Iraq (2003 – 2011), Guerra de Afganistán (2001 – 2021) y Guerra Civil Siria (2011 – 2024). Esta última desencadenada incluso por el premio Nobel de la paz Obama. Es decir, todos los presidentes de Estados Unidos desde George H. W. Bush (1989 – 1993) han iniciado o han tenido abierta una operación militar en Oriente Medio, las cuales han provocado, y se habla poco de ello, cerca de 10.000 muertos entre los soldados estadounidenses y cientos de miles entre la población civil de los países árabes. Al margen de lo más grave, las víctimas humanas, también ha supuesto un coste monetario de cientos de miles de millones de dólares que, religiosamente, ha pagado el contribuyente americano; por no hablar del coste reputacional de la política exterior de Estados Unidos, porque este país no ha ganado ninguna guerra, si exceptuamos que Iraq tuvo que abandonar sus ambiciones expansionistas sobre Kuwait y fueron derrocados los regímenes dictatoriales de Sadam Hussein en Iraq y Bashar al-Asad en Siria. Al margen de estas coyunturas, hoy tenemos en la región Estados fallidos, que viven unos frágiles equilibrios cercanos a lo que podríamos considerar una guerra civil, sea esta oficial o no. Amén del éxito de los talibanes sobre el ejército de Estados Unidos en Afganistán. Esta es la historia de un fracaso rotundo de Estados Unidos que ha expuesto los límites de su potencial militar a costa de un reguero de sangre, sobre todo de civiles inocentes.

¿Qué podemos decir de Israel? Desde su constitución como Estado el 14 de mayo de 1948, como era de prever, su relación con los pueblos árabes que lo rodeaban fue muy conflictiva. Ya en la misma proclamación de la independencia le declararon la guerra Egipto, Jordania, Siria, Iraq y Líbano, en la Primera Guerra Árabe-Israelí (1948 – 1949); luego vino la ocupación temporal de la Península del Sinaí en la Crisis de Suez (1956), la Guerra de los Seis Días (1967) en la que Israel ocupó Cisjordania y Gaza, los actuales territorios de Palestina, junto a otros; la Guerra de Desgaste (1967 – 1970) con combates limitados entre Israel y Egipto; la Guerra del Yom Kippur, que desató la crisis del petróleo en 1973; la primera invasión de Israel del Líbano (1982), cuyo objetivo era expulsar a la OLP; la Guerra del Líbano (2006) contra la guerrilla chiita proiraní Hezbolá. Por no hablar de las intifadas que se remontan a la década de los ochenta del siglo XX, en un forcejeo continuo entre Israel, potencia colonial, y la resistencia del pueblo palestino. Es decir, un reguero de víctimas continuas y constantes, sobre todo, de origen palestino, a través de las cuales pervive el Estado de Israel, como punta de lanza de Occidente en Oriente Medio. No hace falta citar fuentes para afirmar que la existencia de Israel como estado depende, hasta el momento, del apoyo militar de Estados Unidos y el diplomático de la Unión Europea.

Pero todo lo anterior ha quedado minimizado con lo pasado en los últimos tres años. Empecemos por Israel. El 7 de octubre de 2023 Hamas lanza un ataque contra territorio israelí, en el que mueren 1.200 personas y toma 240 rehenes. Desde entonces Israel, al mando de Netanyahu, ha llevado a cabo la respuesta más desproporcionada de la Historia contra el pueblo palestino. Las consecuencias las conocemos todos, 70.000 muertos, millones de desplazados y la destrucción total de las infraestructuras en Gaza y Cisjordania[1]. El sufrimiento del pueblo palestino recuerda mucho el que vivió el pueblo judío en manos de la Alemania nazi. Israel ha podido llevar a cabo esta masacre con el apoyo de Estados Unidos y el silencio cómplice de la mayoría de Europa. Además, Israel no solo ha querido la destrucción moral del pueblo palestino, sino que también intenta reconfigurar todos los equilibrios geopolíticos en la región de Oriente Próximo y, por tanto, ha extendido sus ataques militares a los huties en el sur del Yemen, al sur del Líbano y, sobre todo, pretende acabar con el régimen de Irán y su programa nuclear, de ahí su ataque conjunto con Estados Unidos en las últimas semanas.

Al margen de la motivación de crear un espacio de seguridad que evite futuros ataques de las guerrillas chiíes, circunstancia esta imposible ante el odio que Israel está generando, día tras día, por sus actuaciones, en el mundo musulmán. También está detrás de esta última guerra, la huida hacia delante de un político de extrema derecha, Netanyahu, que ha sido presidente de Israel más de 18 años (1996-1999, 2009-2021 y desde 2022 hasta la actualidad). Al margen de su discutida gestión conservadora y neoliberal, su agenda ha estado marcada por la corrupción. El único Primer Ministro en la historia de Israel que continúa en el cargo bajo una acusación de corrupción (abuso, fraude y abuso de confianza). El caso judicial más grave que tiene pendiente de resolución, no el único, es el caso 4000, en el que se le acusa de haber favorecido regulatoriamente al grupo de comunicaciones Bezeq, a cambio de una cobertura favorable del portal de noticias Walla[2]. También se le acusa de haber recibido regalos, por parte de empresarios, para ejercer gestiones, en beneficio de estos.

En resumen, el legado de Netanyahu es un Estado de Israel donde su relación con sus vecinos árabes es más frágil, su imagen a nivel internacional es peor que nunca, ya lo dijo Trump, excepto él, el resto del mundo odia a Netanyahu y, por extensión, al estado que representa[3]. Además de empobrecer a sus propios votantes, se estima que el coste de la guerra es de 57.000 millones de dólares, el 8,6% del PIB del país, sin incluir el año 2026[4]. Y todo esto por el deseo, por parte del pueblo israelí, de mantener en el poder a un personaje corrupto y poco interesado en el futuro del pueblo judío.

Hemos dejado en último lugar la política exterior de Trump, porque venía ocupando un lugar privilegiado desde el inicio de su segundo mandato, momento en el que los presidentes de Estados Unidos se vuelven más peligrosos. El primer mandato suelen dedicarlo a mejorar la economía, para conseguir una reelección; mientras que el segundo es el momento para que pasen a la Historia a través de la política exterior.

Sus primeras actuaciones han venido a refrendar un mantra neoliberal, repetido por diferentes gobiernos desde la década de los años 70 del siglo XX, la ruptura, lenta, pero constante, de los consensos de Posguerra. Trump ha acelerado el ritmo y en solo dos años ha dinamitado el más importante, la alianza militar entre Europa y Estados Unidos a través de la OTAN. Quizá sea la política exterior el ámbito de gobierno que peor se adapta a estos nuevos tiempos, donde la coyuntura domina todo el discurso y la mayoría de nuestras acciones, ya que unas relaciones internacionales sanas y duraderas buscan la estabilidad y, para ello, se deben basar en la confianza. Como dijo otra americana ilustre, Lady Gaga, la confianza es como un espejo: puedes arreglarla si se rompe, pero siempre verás la grieta.

Además de poner en riesgo una alianza atlántica que, sobre todo, le ha beneficiado y beneficia a Estados Unidos, ¿dónde, si no, va a encontrar otros aliados? También debemos tener en cuenta el nuevo escenario geopolítico de la “paz armada”, que Trump está intentando imponer a sus “socios” de la OTAN, con presiones a todos los países europeos para aumentar el gasto militar. El gasto gubernamental más ineficaz de todos. Si no se utiliza, será tirar a un pozo decenas de miles de millones de dólares y si tiene alguna utilidad… En fin. También podíamos incluir en el paquete de los desaires del presidente a Europa el intento grotesco de hacerse con Groenlandia, a costa de Dinamarca. Ningún otro país, en los últimos cincuenta años de historia, ha sido tan agresivo con la soberanía europea como lo ha sido Trump, en los últimos años.

Pero las intervenciones de Estados Unidos en América Latina han sido todavía más agresivas que en Europa, no solo por la violación de la soberanía venezolana con el hundimiento de supuestas narcolanchas, donde a saber cuántas personas inocentes han muerto; o la captura, como si fuera un delincuente común, en suelo venezolano, de Nicolás Maduro. Esta se produce tras un pacto con la dictadura chavista, para que esta se mantenga en el poder a cambio de un petróleo que, antes de la intervención militar estadounidense, se dirigía en un 80% a China.

El ejemplo anterior es, uno más, de la recuperación de la política del “gran garrote” de Theodore Roosevelt (1901 – 1909), no en vano el primer presidente republicano elegido en el siglo XX, que sí ganó el premio Nobel de la paz, es la administración de referencia de Donald Trump. Esta política del “garrote” justificaba la intervención militar de Estados Unidos, en aquellos países latinoamericanos, en los que estuviesen en juego los intereses del Imperio. Después de Venezuela vendrá Cuba, a la que Trump está sometiendo al mayor bloqueo energético de su Historia. ¿Qué sentido tiene castigar a la población civil por tener un régimen político que ya le hace sufrir bastante? No se han dado cuenta de que los países a los que se somete a un bloqueo económico (Irán, Corea del Norte, etc.) refuerzan todavía más sus regímenes dictatoriales, dañando, además, los procesos de democratización interna.

Pero sus intervenciones en América Latina no se reducen a Cuba y Venezuela. Para una persona que ha basado parte de su campaña electoral en una supuesta manipulación electoral, eso sí, llevada a cabo solo en el caso de que pierda las elecciones, no podía faltar un proceso de manipulación electoral visible y amplificado en sus redes sociales. En Argentina, en las elecciones legislativas de octubre de 2025, Trump prometió una ayuda económica de 22.000 millones de dólares si su “aliado” ideológico (Milei) ganaba las elecciones. Este las ganó y nada se supo de dicha ayuda económica, ni tampoco se le espera. Está claro que en eso el trumpismo es más rentable que los rusos y los chinos, se ahorra los ciberataques, no los necesita.

Por último, estamos ante el único gobernante del mundo que no ha dudado en apoyar abiertamente el genocidio de Netanyahu en Palestina. No debemos olvidar que su ejecutor, el primer ministro de Israel, está siendo perseguido, junto con miembros de su gabinete, por el Tribunal Penal Internacional. Un Tribunal creado por el Estatuto de Roma en 1998 a partir de la experiencia de los Tribunales de Núremberg y Tokio, todos ellos impulsados por la diplomacia de Estados Unidos. Pero su sórdida participación en Oriente Medio no solo se reduce a dar a Netanyahu licencia para matar al pueblo palestino, sino que también se ha extendido mediante acciones militares en Yemen contra los Hutíes. Y, en los últimos meses, en una nueva guerra contra Irán, iniciada en junio de 2025, donde ya han muerto más de 1.200 civiles y militares iraníes, ha encarecido el petróleo, elevado la inflación y las dificultades económicas se han disparado en Estados Unidos y Europa. Por tanto, nos queda preguntarnos: ¿cuál ha sido el objetivo de este desastre? En primer lugar, llevado por su propio mesianismo, Trump pensaba que Irán era Venezuela, que podía llevar a cabo una intervención militar sin apenas costes y, como en el país latinoamericano, quedarse con su petróleo. Pero no es así, no solo el régimen de los ayatolás ha resistido al empuje de los marines, sino que ha desorientado a una oposición que apostaba claramente por la democratización del país, es decir, ha reforzado la dictadura religiosa que pretendía derrocar.

Y en el fondo de todo esto, está el conflicto con China, la potencia agazapada que ante el hundimiento de Estados Unidos bajo el mandato de Trump, solo busca su oportunidad, con paciencia y sin hacer ruido, algo propio de su cultura milenaria.

A lo largo de la Historia todas las transiciones entre potencias han sido violentas: La Guerra de los Treinta Años (1618 – 1648) supuso el sorpaso de Francia a España; la Guerra de los Siete Años (1756 – 1763) abrió el camino para el ascenso del Imperio Británico; la Guerra Franco-Prusiana (1870 – 1871) dio a conocer al mundo la nueva potencia que había surgido del proceso de unificación alemán; y la I Guerra Mundial (1914 – 1918) situó a Estados Unidos como la primera potencia económica y política en el mundo, hasta nuestros días. No repitamos errores del pasado, que los votantes de Israel y Estados Unidos no apuesten por un proceso de autodestrucción que sitúe a China como la única superpotencia del siglo XXI. Los mundos multipolares siempre generan más grietas por las que respira la libertad que los unipolares.