Fuente: Wikipedia en Wikipedia Commons, consultado el 8 de septiembre de 2026.
Todo
artículo sobre la crisis de Ceuta debería comenzar por la tragedia humana que
ha supuesto la muerte de 82 personas, cuya esperanza era encontrar una vida
digna en Europa. Un número elevado de muertos, que se suman a la mayor fosa
común de la Historia, que estamos construyendo en el Estrecho de Gibraltar.
Unos cadáveres en honor de la desigualdad económica, en la frontera del mundo con
mayor diferencia de renta, la que separa a Europa de África. La renta per
cápita de Marruecos, según el Banco Mundial, es de 4.672,5 euros, la de España
38.627,2, una riqueza individual 8,26 veces mayor. Una realidad que,
curiosamente, no es tan desigual en la frontera que separa a los Estados Unidos
de México, donde la renta per cápita del primero es de 90.026,5 euros y la del segundo
13.889,2, es decir, 6,48 veces menor.
Este es
el tema central, cómo la pobreza y la desigualdad económica generan muertos, y
cómo estos nunca son contabilizados como un elemento negativo en nuestros
sistemas capitalistas. Se asumen como un mal necesario, claramente más, por
ejemplo, que las muertes que producen los desastres naturales, algo que, al
menos, aparentemente, sí queremos controlar, la pobreza no.
El otro
perfil de esta coyuntura se sitúa en la historia. En el año 1415, los
portugueses, en su afán por buscar una alternativa a la ruta de la seda, inician
la circunnavegación del continente africano y su primera avanzadilla en África
fue Ceuta. En el siglo siguiente, concretamente en 1580, Felipe II, ante la
muerte del rey Sebastião, sobrino suyo, une las dos coronas. Desde entonces,
Ceuta formará parte de un conjunto de ciudades-fortalezas, como Argel u Orán,
que, desde la época de los Reyes Católicos, se habían situado en la costa
africana para evitar los ataques de la piratería berberisca. En 1640, Portugal
inicia el camino de la independencia y, como recuerdo de la unión peninsular,
nos quedamos con Ceuta, en adelante, posesión del Reino de España. Es decir, un
resto, nos pongamos como nos pongamos, del colonialismo europeo en el
continente africano, territorio al que se suman Melilla y las Islas Canarias.
El
problema para una metrópoli, en este caso España, es controlar un territorio
extraeuropeo cuando no se tiene una posición de poder, porque su situación
estratégica es muy vulnerable. En el siglo XX, Ceuta formaba parte de un
entramado colonial más amplio. Desde la Conferencia de Algeciras (1906), España
se hizo con toda la franja costera del norte de Marruecos, gracias a una
donación de Francia, que no quería que Alemania ocupase dicho territorio. Pero,
el 7 de abril de 1956 Francisco Franco firmó con el sultán Mohamed V la entrega
del protectorado español en Marruecos, solo un mes después de que Francia le
concediera la independencia. Desde entonces, Ceuta y Melilla se quedaron
rodeadas, como no podía ser de otro modo, por el recién independizado Estado
alauí, y separadas del resto de España por una barrera geográfica de difícil
acceso, el Estrecho de Gibraltar.
Durante
décadas no hubo grandes problemas, al no ser la inmigración un problema
político en España. Además, Hassán II, sucesor de Mohamed V, era muy amigo del
rey Juan Carlos I, amistad que no se da actualmente entre Felipe VI y Mohamed
VI. Por otro lado, España estaba protegida por la Unión Europea y la OTAN.
Pero, ¿qué
ha pasado en los últimos años para que la seguridad anterior se desvanezca? En
primer lugar, que Marruecos tiene ahora una posición de poder sobre el Estado
español, ya que hoy en día la inmigración sí se considera un problema político,
sobre todo, si es africana y musulmana. En segundo lugar, los sucesivos
gobiernos han decidido que Marruecos sea nuestro gendarme en el norte de
África. No en vano, el gobierno de Sánchez modificó la política del PSOE desde
la Transición, y decidió, a traición, ceder el Sáhara Occidental a Marruecos.
Desde entonces, este sabe que puede presionarnos cuando quiera, porque ya le
hemos dado lo que quería, aquello por lo que estaba dispuesto a negociar. Un
paso atrás que ahora nos está costando muy caro.
Esta
circunstancia de empoderamiento de Marruecos frente a España se acrecienta por
la nueva situación geopolítica que se vive en el mundo, desde la llegada de
Trump al poder. Marruecos, ya desde hace décadas, se ha convertido en un aliado
clave de Estados Unidos en el mundo musulmán. En 1991 participó en la Guerra
del Golfo, en 2004 fue declarado Major Non-NATO Ally, es decir, un aliado
militar de primer orden fuera de la OTAN. También firmó ese mismo año un tratado
de libre comercio con Estados Unidos, que entró en vigor en 2006. En resumen,
desde los atentados del 11 de septiembre, Marruecos se convirtió en el
principal aliado de Estados Unidos en la lucha antiterrorista en el norte de África.
En compensación, en 2020 Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el
Sáhara Occidental. Hecho que se produjo cuando Marruecos, un país que en el
pasado mostró cierta hostilidad política hacia Israel, restableció las
relaciones diplomáticas con este país y no las rompió en los últimos años, pese
a la masacre del pueblo palestino.
Esta
sumisión de Marruecos a Estados Unidos contrasta con cierta resiliencia del
gobierno español a la política de Trump, en la mayoría de los casos
escenificado mediante enfrentamientos verbales. El gobierno de Sánchez fue el
único de Europa que se mostró claramente en desacuerdo con la actuación de
Israel en Palestina. Y esto no solo fueron palabras. En septiembre de 2025, se
aprobó un Real Decreto-ley por el que se prohibió la compra y venta de material
militar israelí. Asimismo, se establecieron restricciones al tránsito por
nuestro territorio de material militar con posible uso en Israel. El Decreto
incluía, además, las bases de Morón y Rota. Decisión esta que no debió gustar
al gobierno estadounidense; como tampoco el que fuéramos de los países que más
nos hemos negado a ceder nuestra soberanía fiscal a los deseos de Trump de
elevar el gasto militar al 5% del PIB, manteniéndolo en el 2%.
Estas
nuevas circunstancias han envalentonado a Marruecos para reclamar la soberanía
sobre Ceuta, para expulsar a los españoles del norte de África. Eso sí,
mediante unas medidas de presión que lamentablemente ponen en juego la vida de
su propia gente. No olvidemos que Marruecos es una monarquía autoritaria, una
dictadura. No es una democracia, y el desprecio por la vida de sus ciudadanos
se ha puesto, una vez más, en evidencia.
Por lo
tanto, no tiene cabida la presión que la prensa española, incluso la que no
esperábamos que lo hiciese, ha generado sobre el presidente del gobierno para
que tenga una posición de fuerza, en esta crisis, frente a Marruecos. Una
presión que no se activó ante los improperios de Trump, pero Marruecos, un país
menos desarrollado económicamente que el nuestro y parte de su territorio
antigua colonia, y ellos africanos y nosotros europeos, permite una lectura
diferente de una prensa que, en este caso, ve inadmisible que pueda utilizar su
posición de ventaja estratégica frente a nosotros. Entonces, ¿qué tiene que
hacer Sánchez? Como mínimo mostrarse indignado, tirarle de las orejas y decirle
que no vuelva a pasar, que siga siendo un buen policía de España, de nuestra
frontera, que sea un buen chico, como corresponde a un país africano frente a
otro europeo. En fin, no me gustaría ver en esta coyuntura a un gobierno que
tuviera ministros como Trillo y que encarase esta crisis con el viento de
Levante, porque desde donde sopla también se encuentra Estados Unidos, pequeña
contradicción que parece que la derecha española obvia continuamente. Por
tanto, la situación vivida en Ceuta se podrá repetir cuando Mohamed VI lo
considere, ya que tiene todos los elementos de poder a su favor.
Una
situación de debilidad, la del gobierno español, que se acentúa por la falta de
un discurso propio y fuerte en los temas migratorios. Esto no es un problema
exclusivamente suyo, sino de toda la socialdemocracia europea. No hay más que
escuchar las declaraciones de la presidenta de Dinamarca, Mette Frederiksen,
cuyas declaraciones sobre emigración no se distancian mucho de las de Meloni.
También podemos recordar las actuaciones del antiguo primer ministro laborista
de Gran Bretaña, Keir Starmer, cuyas políticas antiinmigración pretendían
retomar el pulso del laborismo en las antiguas ciudades industriales del norte
de Inglaterra. Su clásico granero de votos, que está virando, debido a la
desindustrialización y el abandono, hacia posturas de extrema derecha,
acercándose el electorado a Reform UK. Pero, como era de prever, sus políticas
no solo atrajeron a nuevo electorado, sino que desgastaron al suyo y tuvo que
acabar dimitiendo. No cometa la socialdemocracia europea el mismo error que los
partidos democristianos o de centro. En política, el votante siempre preferirá
el original a la copia; por tanto, cualquier intento de asimilar a los votantes
de extrema derecha con unas políticas similares a las suyas acabará en fracaso
y en una ruptura social de consecuencias no controlables, como ha pasado
siempre, y acaba de pasar en el Estado de Sajonia-Anhalt o en la propia Ceuta.
El tema
de la emigración es uno de los temas centrales de la política actual, eso no se
puede esconder, como tampoco que, especialmente en Europa, dado el crecimiento
de Asia Oriental, el cambio climático, la desindustrialización, etc. no se vaya
a disfrutar, en el presente y en el futuro, de tantos recursos como se
aprovecharon en el pasado. En todo caso, parece claro que el peso geopolítico
de Europa es hoy mucho menor y que este seguirá decreciendo. Pero la izquierda debe
tener una postura clara con las personas, la de la inclusión, cueste lo que
cueste. Se tiene que abarcar la mayor diversidad posible, y eso incluye, como
no podía ser de otro modo, a los emigrantes. Por tanto, no debemos excluir a la
población nacida fuera de nuestras fronteras porque tengamos miedo al futuro,
porque sino ese miedo también acabará devorándonos a nosotros. Igual que los
menas, son Menores No Acompañados, es decir, niños y niñas. Los emigrantes
ilegales son básicamente personas que, como nosotros y nosotras, necesitan la
ayuda del Estado y un trato justo. ¿Qué tipo de país somos, si no somos capaces
de acoger a unas decenas de miles de personas? ¿Dónde está nuestro desarrollo
económico si somos incapaces de dar ayuda a unos miles de menores? ¿Qué
esperábamos que pasase si responsabilizamos de nuestras fronteras en el
continente africano a un país que aspira a quedárselas? En fin, preguntas que,
en todo caso, no pueden tener como respuestas una política cercana al
colonialismo del siglo XIX, donde Europa situaba su bota militar sobre el
cuello de aquellos que no respetaban sus intereses legítimos o ilegítimos. Hoy
el mundo, afortunadamente, es mucho más complejo y diverso como para soportar
ese tipo de respuestas, así que guardemos en el baúl de la historia la tizona y
la isla del Perejil.

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