Fuente: Wikipedia en Wikipedia Commons, consultado el 18 de octubre de 2026.
El discípulo de José Ortega y Gasset,
Julián Marías, desarrolló en su obra Generaciones y constelaciones y El
método histórico de las generaciones (Madrid: 1949), tomando como punto de
partida la propia obra de su mentor, la teoría de generaciones A y B,
generaciones dominantes y emergentes. Podríamos trasladar esta teoría a
aquellas generaciones que viven bajo un paradigma dominante, cuyo elemento
positivo es que construyen bajo la seguridad que les da la modernidad, es
decir, el mundo se ajusta a su marco de pensamiento. El aspecto negativo es que
la realidad, afortunadamente, es mucho más compleja que cualquier teoría, y
aquellos supuestos que se sitúan más allá de la rigidez de su pensamiento son guillotinados.
Por otro lado, las generaciones emergentes se podían equiparar a aquellas que, en
palabras de Bauman (Buenos Aires, 2002), viven bajo una sociedad líquida, por
no decir, parafraseando a Lyotard (París: 1979), bajo una condición
postmoderna. El elemento positivo es la libertad, en un sentido contingente del
término, todo es posible dentro de unos límites establecidos por la realidad
física, predeterminada por la naturaleza y los recursos de los que disponemos,
y la realidad inmaterial, que ancla el discurso del individuo a un momento
histórico concreto. Por tanto, la capacidad para improvisar nuevas soluciones o
marcos teóricos es mayor. El aspecto negativo también es claro, no nos sentimos
lo suficientemente fuertes o legitimados como para imponer nuestros
presupuestos, y la desorientación de las sociedades es mayor a la hora de
elegir un camino adecuado en la resolución de sus problemas. Traducido a la
actualidad y al devenir histórico, la caída de la Unión Soviética en 1991 acabó
con el paradigma fuerte de la izquierda; la Gran Recesión (2007 – 2015) lo hizo
con el paradigma fuerte de la derecha. Por tanto, una alternativa, de
izquierdas, al sistema capitalista colapsó a finales del siglo XX, pero también,
un modelo único y fuerte dominado por el pensamiento neoliberal zozobró con la
última gran crisis económica. El fin de la Historia que predijo Fukuyama
(Barcelona: 1992) ha agotado su ciclo histórico, ha llegado a su fin. Pero
todavía no sabemos qué nuevo paradigma se está imponiendo en el ciclo político,
de ahí que todos los proyectos alternativos de izquierdas o de derechas, en el
ámbito internacional, no suelan durar más que un ciclo electoral. En cuatro
años son barridos por la indignación y, al poco tiempo, vuelven al poder
(Trump, Bolsonaro, etc.) En palabras del político y filósofo italiano Gramsci: lo
viejo ha muerto, lo nuevo está por llegar, y en el intermedio crecen los
monstruos. Estas palabras las comentó el fundador del Partido Comunista Italiano para condensar su
experiencia política de Entreguerras. Los monstruos, claro está, serían los
fascismos.
Pero, en la actualidad, ¿cuáles son
nuestros monstruos? En la izquierda, que fue la primera que perdió su
paradigma, los tenemos claros, han sido monstruitos tipo gremlins. Si a la
izquierda le das de comer demasiado a partir de cierta hora, esta se puede convertir, no en el monstruito gamberro
y divertido que aparecía en la película de los ochenta del siglo XX, sino más
bien en su némesis, es decir, alguien empalagoso y aburrido cuya superioridad
moral, en temas como la ecología o el feminismo, nos resulta estomagante en
determinadas conversaciones. En estas sociedades uno, a veces, voluntariamente
rompería la loza de su casa (destruiría recursos de un modo innecesario
aumentando su huella de carbono) para sentirse vivo o, simplemente, ver qué
pasa. En Francia, cuya intelectualidad está muy acostumbrada a cierta actitud
de rebelión formal, cuyas consecuencias máximas son la ruptura del jarrón chino
que atesora la burguesía nostálgica del mayo del 68, ha generado individuos
como Michel Houellebecq, quizá máximo representante de esta circunstancia. Tal
vez, la versión más extrema de estos monstruos izquierdosos sea la “cultura de
la cancelación”, un apartado que sí me parece peligroso porque atenta contra la
libertad de expresión y el diálogo entre personas que piensan de un modo
diferente, respecto a un tema concreto. Una nueva caza de brujas que siempre
acaba desatando quien se considera en posesión de la verdad absoluta. Y con
eso, amigos, hay que tener cuidado, no vaya a ser que los inquisidores estén
equivocados.
Bien, hemos visto los monstruos de la
izquierda. En España, de momento, nada importante. Entre otras cosas, porque
para que sean realmente graves se tienen que ver bajo una hegemonía política y
social incontestada. Y, en mi opinión, la izquierda sigue perdiendo pie. En
palabras del escritor británico de principios del siglo XX Chesterton, hay que
ser conservador en los países revolucionarios y revolucionario en los países
conservadores. Trasladado a nuestro tiempo, “capitalista en Moscú y comunista
en Las Vegas”, quizá sea esa la mejor postura intelectual, para no convertirse
en un intelectual orgánico. Y nosotros, le pese a quien le pese, vivimos en Las
Vegas.
Pero centremos el discurso, lo que nos
jugamos en las elecciones que ha convocado Sánchez, para el 29 de noviembre de
2026, es si nos atrevemos o no a ver cuáles son los monstruos “reales” de la
derecha. Y estos son más voraces, grandes y destructivos que los gremlins de la
izquierda. Estos son auténticos Godzillas que pueden destruir nuestras
sociedades y, como en Entreguerras, asomarnos al desfiladero de la historia.
Los Godzillas de la derecha se centran en convertir al extranjero en alguien
sospechoso y, por tanto, excluirle del reparto de recursos, del Estado del
Bienestar, de la sociedad de la que forma parte, para poder explotarle de un
modo mucho más intenso, como a los judíos en Entreguerras. Es lo que hemos
estado viendo por parte de Trump en Estados Unidos y su temida ICE, que está
empezando a inspirar el mismo temor que la Gestapo en la Alemania de los años
30. El otro monstruo lo encarna Milei, y su poda del Estado en beneficio de no
sabemos muy bien quién, más allá de una realidad que se está perpetrando como
un auténtico crimen ideológico y cuyas consecuencias son el empobrecimiento de
las clases bajas y la reducción de su propio tejido industrial y empresarial. Un
adelgazamiento del Estado y la economía en beneficio de una inflación que no
está del todo controlada. Las políticas de Milei han empobrecido al máximo la
economía argentina, con la promesa de un paradisíaco futuro de abundancia que nunca
llega. Y el último Godzilla será la destrucción de las instituciones
democráticas, cuyo mejor ejemplo fue Bolsonaro, dado que, en octubre de 2025,
el alto tribunal de Brasil lo condenó a 27 años y tres meses de prisión. Dada
su edad y estado de salud, se encuentra en arresto domiciliario, por el intento
de golpe de Estado, tras la victoria de Lula da Silva en las elecciones
presidenciales de 2022.
En resumen, votante, esto es lo que debe
saber, si realmente quiere que en toda España se vivan las tensiones sociales
que se han vivido en Ceuta. Si realmente quiere acabar con su sistema de
pensiones (algo que ha prometido explícitamente VOX e implícitamente Feijóo),
¿por qué se permite la derecha, en el estado miembro con mayor crecimiento
económico de toda la Unión Europea, hablar de sacrificios, en plena campaña
electoral? Claro está, esos sacrificios no son compartidos, son para los de
siempre, los que ellos consideran que tienen que estar por debajo de sus botas,
las clases trabajadoras. ¿Qué dirán cuando haya una recesión? ¿Adiós a la
sanidad y educación pública? En fin, el último monstruo, ya lo han mostrado
cuando han estado en la oposición, la destrucción de las instituciones democráticas
si esto es un fin necesario para estar en el poder, como ya han hecho con la
justicia.
Se me olvidaba uno, quizá porque es el Godzilla
más consolidado y quizá, el que más apoyos sociales tiene en el mundo, bandera
de la derecha cristiana, sobre todo en el ámbito protestante. El retorno a la
familia tradicional. El retorno de las mujeres al ámbito doméstico, la
devolución al armario de los colectivos LGTBIQ+, el fin del aborto y del
divorcio. Y, como no, para la gente de alta posición económica, el retorno a su
cómoda doble moral, rehabilitando el negocio de los moteles de carretera y los
viajes a ciertos reductos progresistas cuando algún miembro de la familia se
descarría.
En fin, el votante sabrá cuál es su
preferencia electoral, las elecciones son el mejor ámbito para expresar la
libertad individual, aunque esta nos lleve a mundos distópicos, que la derecha
ya tiene bien pensados y estructurados.
