martes, 23 de junio de 2026

¿QUÉ SUCEDE CON LA DERECHA?

 

Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sir_Joshua_Reynolds_-_Edmund_Burke,_1729_-_1797._Statesman,_orator_and_author_-_PG_2362_-_National_Galleries_of_Scotland.jpg


Esta pregunta no es irrelevante. Los partidos conservadores son uno de los pilares de la democracia. Para que esta funcione y sea estable necesitamos una alternativa progresista y otra conservadora, independientemente de sus siglas. Necesitamos períodos en los que la sociedad avance y otros en los que repose y conserve los logros establecidos. Es fundamental la alternancia en el poder, porque nada desgasta y erosiona más que la gestión de la sociedad y el Estado. Ningún partido político se debe convertir en una opción institucional de la democracia, sino caminaríamos hacia otro tipo de sistemas políticos.

Está claro que los partidos conservadores y la ideología que defienden, prácticamente desde Thomas Hobbes o Edmund Burke, se han vinculado a la autoridad y el orden, como garantes de la estabilidad, ya sea la monarquía absoluta (Hobbes) o la monarquía parlamentaria inglesa, garante de la tradición frente a los cambios de la Revolución Francesa (Burke).

A la búsqueda del orden, rápidamente se añadió el elemento religioso, al fin y al cabo, la religión es la principal guardiana de la tradición. Y a lo largo de la Historia la Iglesia ha financiado y reconstruido a diferentes partidos conservadores en todo el mundo. En España tenemos el ejemplo de la CEDA, en Europa, el gran aliado de la socialdemocracia en los años de posguerra, fueron los partidos democristianos. Y no hemos de olvidar que, el “laicismo”, es una visión política muy focalizada en Europa Occidental. Baste recordar la importancia política de los movimientos evangélicos en toda América o el fuerte vínculo que existe entre religión y política en el mundo musulmán.

El tercer valor que podríamos poner en juego sería la defensa de la “nación” o lo que vulgarmente conocemos como patriotismo. Aunque la nación, en un sentido contemporáneo, surge a partir de las revoluciones liberales que convierten al siervo medieval en ciudadano, hecho este que ya había adelantado Rousseau con su concepto de soberanía nacional (1762). Pese a ser, en su día, un concepto progresista que cuestionó los sistemas políticos del Antiguo Régimen, según entramos en el siglo XIX y frente a una Ilustración forzada por los ejércitos napoleónicos, que produce levantamientos populares por toda Europa, el nacionalismo decimonónico irá virando hacia la derecha. Sobre todo, un nacionalismo vinculado a la reivindicación de elementos culturales (historia, lengua, folclore, etc.). Un principio, el de nación, que contribuye a crear identidad, conciencia colectiva y, por tanto, a fortalecer los vínculos sociales entre diferentes individuos.

El último valor, que está en la génesis de la derecha anglosajona, quizá la más influyente de todas, será la defensa del liberalismo, del individuo frente al Estado. Surgió en Inglaterra en el siglo XVII, con unas revoluciones liberales que pretendían preservar las “libertades” parlamentarias frente a un absolutismo monárquico, que se venía imponiendo desde la Europa continental. Esta tuvo en John Locke y Adam Smith a sus padres fundadores, ya sea en el ámbito político o en el económico. El primero nos sitúa ante un valor universal que todos defenderíamos, crear un espacio político donde el individuo, independientemente de sus circunstancias, pueda buscar y construir un proyecto de autorrealización personal, al margen de intereses superiores encarnados en el Estado. El segundo nos sitúa ante la iniciativa privada, como elemento clave del crecimiento económico, algo de lo que todos, en teoría, nos deberíamos poder beneficiar, tarde o temprano.

Por tanto, hemos resumido, seguro que nos hemos dejado alguno, aquellos valores “fundamentales” de la derecha que, según el politólogo George Lakoff (documental de Víctor Alonso-Barbel la “Clase valiente” del año 2016), guían el voto de las personas: orden y estabilidad, defensa de la religión y de la nación, por último, la libertad individual y la iniciativa privada. Es decir, mayoritariamente la gente no vota por interés personal o colectivo, sino porque el político que se presente a las elecciones se convierta en la encarnación de sus valores. Es una pena que estos no se identifiquen con políticas públicas o leyes, sino que tengan que ser encarnados en un liderazgo fuerte y, cuanto más complejas son las sociedades, más parece necesario ese hiperliderazgo que simplifique la elección.

En resumen, podemos estar de acuerdo o no con los valores anteriores, y los líderes que los encarnan, pero estos tienen legitimidad política cuando el que los propone, es decir, el político conservador, neoliberal, democristiano, republicano, etc. Considera que su propuesta va a generar una sociedad mejor para todos/as. Algo que no está pasando en los últimos años. Quizá el miedo a perder poder, la incertidumbre del sistema capitalista ante retos globales como la crisis climática; incluso, aspectos más coyunturales como la pérdida de hegemonía de Estados Unidos o haber llegado al límite de las políticas neoliberales tras la Gran Recesión (2007 – 2014). Todo lo anterior, hace que estos partidos hayan dejado de actuar en política de acuerdo con sus valores y solo busquen el objetivo de conservar el poder a cualquier precio, guiados incluso por el miedo a la incertidumbre de un mundo que ya no controlan.

Por desgracia, esta realidad no es única en la Historia, los sistemas liberales en Europa perdieron el rumbo tras la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), cuando no pudieron culminar sus aspiraciones nacionales y todos fueron derrotados en el barro de la guerra de trincheras. La brutalidad del colonialismo, la Gran Guerra, el fracaso de los proyectos nacionales, la Revolución Rusa (1917) y el fin de la primera globalización amparada en el poder de la libra esterlina, guiaron las aspiraciones de los electores en muchos países a través del miedo, lo que provocó el ascenso de los fascismos y, de nuevo, el incendio de Europa en la Segunda Guerra Mundial (1939 – 1945). Se equivoca la derecha si ahora vuelve a verse guiada por el miedo en la toma de decisiones políticas y, como en el pasado, contribuye, de nuevo, al ascenso de la extrema derecha. Porque esas políticas, guiadas por la ambición y el miedo, rápidamente te convierten en rehenes de unas promesas imposibles y lo único que provocarán en el futuro, de nuevo, será una nueva hegemonía de la izquierda en las siguientes décadas, tras el fracaso de unos partidos políticos conservadores, que decidieron inmolarse con las políticas que ahora aplauden. 


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