martes, 8 de marzo de 2016

LOS BAROJA: UNA VIDA DESDE EL ATALAYA



El lector, al menos ese fue mi caso, tendrá una idea diferente de esta biografía cuando finalice su lectura respecto de lo que esperaba cuando leyó el título Los Baroja: memorias familiares. Esto suele suceder en casi todas las obras, pero aquí se convierte en una clave que nos ayuda a descubrir ante lo que realmente estamos, la biografía de un solo personaje. Nos acercamos a la obra de Julio porque como muchedumbre buscamos las indiscreciones de uno de los mejores escritores de la Generación de 1914; como minoría, la de uno de los mejores grabadores de la primera mitad del siglo XX; y quizá, como élite conocer a uno de los mejores antropólogos que ha tenido este país en su historia. Por tanto, no espere el lector encontrarse con la extensa familia de los Baroja, ya que cuando terminas el libro, sólo te quedas con la biografía de Julio Caro Baroja.
Esto no quiere decir que, como en toda biografía, la familia no ocupe una parte importante, ya que ésta condiciona a todo ser humano, en mayor o menor medida, ya esté esta presente o ausente. Si cabe, más en los países mediterráneos y más si eres un soltero que nunca se ha atrevido a salir de su círculo de relaciones. El propio autor es consciente de esto mismo y desde el primer momento se compara con el personaje de Dombey de Charles Dickens, para resaltar el haber sido un niño solitario rodeado de adultos (1997:24). Aunque la relación con su familia no adquiera tintes tan oscuros como en la novela del escritor inglés, en ciertos momentos sí nos hace pensar que la figura de Julio se ve oprimida por la brillantez de los suyos, convirtiéndose en una figura secundaria de su propia vida. A lo largo de la obra Pío Baroja es tratado como una especie de ídolo familiar, sin perfiles, sin apenas manifestaciones, ni sentimientos, no vaya a ser que un crítico literario los saque de contexto. De hecho el capítulo V dedicado por entero a él no nos aporta prácticamente nada sobre la obra o el carácter de Pío Baroja. En toda esta biografía de cerca de 550 páginas sobre “Los Baroja” sólo conseguimos adivinar que Dostoyewski y Dickens fueron sus dioses mayores (1997: 117). El resto de los miembros de la familia de Los Baroja no serán tratados con tanta distancia. Su tío Ricardo será criticado por su “dandismo”, su versatilidad, su derroche de energías y aptitudes que, según él, no seleccionó bien acaso porque en el primer golpe siempre tenía suerte y el segundo le fallaba por falta de voluntad o indiferencia (1997: 85). También serán expuestos al público otros miembros más anónimos de la familia, aquí sus simpatías se dividen entre la querencia por los personajes femeninos de su familia y la ridiculización de los masculinos. El abuelo Serafín, al que llama el hombre shelebre, un antiguo ingeniero de caminos, que es presentado como un intelectual frustrado que publicaba un “folletín” cuya lectura no resultaba entretenida, hasta tal punto que sólo una tía benévola sería capaz de encontrarlo original e interesante (1997:46). Pero sus dardos más hirientes van contra el carácter “pasional” y arbitrario de su padre, al que describe siempre con la distancia de alguien ajeno a la familia, una familia que es la de la madre. Por tanto, deja a la madre y a la abuela al margen de la crítica, porque éstas dentro del esquema de familia tradicional vasca gobiernan la casa y centran la atención en su cuidado. Aunque desde el principio marca distancias con el género femenino al considerar que lo fundamental de este es la búsqueda de la “felicidad”, algo que él desterró pronto de su mente. (1997: 63)
En este libro también vemos cómo los Baroja, al margen de los afectos familiares, construyen su identidad como familia a través de la política. Esto no deja de ser curioso en un Julio Caro Baroja que se quiere mantener equidistante de las posiciones ideológicas más extremas. La  identidad, tanto entre los miembros más antiguos como entre los más modernos de la familia, la construyen en torno a un liberalismo progresista propio del siglo XIX, donde el anticlericalismo y una manifestación pública de ateísmo es el elemento de definición más claro. Este, en el siglo XX, sólo transita hasta la Guerra Civil a través del ideario del Partido Radical o los diferentes partidos republicanos. Además como la definición de liberal es una especie de cajón de sastre ideológico donde caben muchas identidades, dependiendo del tiempo y del lugar, el autor, con buen criterio, define en la obra qué es para él el liberalismo: …el que hace de la libertad de conciencia individual la base de toda operación política y social (1997: 237). Como ya he dicho, este liberalismo se completa con un ateísmo cuyas manifestaciones salpican el libro. A los ocho años se enfrenta a los niños y sus familiares de  Vera de Bidasoa haciendo profesión de la “fe” familiar, para espanto de los presentes (1997:23). Esta también aparece cuando defiende la mayor diversidad y densidad cultural de los politeísmos frente a los monoteísmos, dando lugar a uno de los pasajes más bellos del libro:…Los pueblos del Mediterráneo que han tenido una idea clara de las limitaciones de la vida, de las diversidades, oscuridades, matices y contingencias de que está llena son los que han dejado una herencia mejor no sólo para el desarrollo de las artes y las ciencias, sino también para el de las concepciones religiosas y filosóficas… En cambio, los que partiendo de la idea de un Dios único de dimensiones infinitas no han hecho más que producir fanáticos y dogmatizantes(…) El Dios infinito es el de los desiertos;  los dioses especiales son los de los montes, las bahías, los bosques, las islas griegas… ¡Qué más quisiéramos hoy que tener una sólida religión pagana a nuestro servicio! (1997: 212)  El tercer episodio que muestra el liberalismo anticlerical de la familia de los Baroja se produce ante la muerte de sus dos tíos, el primero que fallece es Ricardo en 1953 y, al poco, Pío en 1956, todavía en plena Posguerra y hegemonía del nacionalcatolicismo. Estos exigen en el testamento a su sobrino que sean enterrados en el cementerio civil de Madrid, Julio lo cumple sin dudarlo y sin tener en cuenta las presiones que se producen por diferentes elementos del Régimen, sobre todo, cuando muere Pío, dada la mayor relevancia pública que adquiere su funeral. (1997: 512 – 515).
El liberalismo anticlerical que ha sido descrito en los párrafos anteriores representó lo que el historiador inglés Paul Preston conceptualizó como las tres Españas (1998), es decir, lo que en palabras del propio Julio sería alguien alejado tanto de la masa como de los cuarteles. Este relato de la tercera España, a través de diferentes anécdotas de su familia es lo que creo que tiene un mayor interés para el lector, ya que nos permite acercarnos al Madrid de las tertulias previas a la Guerra Civil. En estas establecen relaciones sus tíos, pero también la menos conocida Carmen Baroja Nessi. Los otros centros de interés serán el Ateneo de Madrid y la Institución Libre de Enseñanza, claves no sólo en la vida cultural y social de nuestro país hasta 1939, sino también en la vida política, ya que a través de ellos y por estas páginas transitaron personajes tan relevantes como Valle–Inclán, Azaña, Ortega o María de Maeztu. Según avanza el relato y nos acercamos a los años críticos de la II República y la Guerra Civil Julio Caro Baroja se quejará de la politización cultural de estas instituciones y, también, hablará con menos interés de los autores más politizados. De este modo considera que los socios fundadores del Lyceum empezaron a dejar de ir cuando este estuvo dominado por mujeres de políticos republicanos y socialistas (1997: 65). Esta moderación se mantiene a la hora de describir a la Institución Libre de Enseñanza, ya que defiende que en esta Institución también había profesores que hacían gala de su catolicismo y conservadurismo, aunque no eran los que daban mayor tono moral e intelectual a dicha Institución (1997:149). Otro ejemplo de su posición equidistante fue cuando critica la famosa quema de iglesias y conventos que se produce durante la proclamación de la II República en abril de 1931, con frases como: frialdad burocrática o que estuvo llena de comentarios burlones (1997: 202). También criticó que los políticos republicanos y socialistas quisieran establecer una nueva aristocracia de familiares y amigos, como los regímenes anteriores, pero con más cultura. (1997: 205) Lo mismo le sucede al Ateneo que, en los años 30 se convirtió, según Julio, en una sucursal del Congreso. En lo que respecta a los episodios familiares destaca la riña entre Ricardo y Azaña, de ahí la animadversión hacia los políticos de la II República que muestra el autor, como ejemplo dice que tanto Largo Caballero como Azaña eran falsos hombres enérgicos y que Indalecio Prieto era un falso hombre hábil (1997: 228).
En resumen esta equidistancia “calculada” que se manifiesta a lo largo de todas las páginas del libro, también se manifiesta en un aislamiento intelectual de la familia y en una decadencia de los negocios del padre en el período de la historia de España en el que se vive un mayor radicalismo en la esfera política y que el propio autor fecha entre 1928 y 1936 (1997: 185). Personalmente alargaría la cronología hasta la Guerra Civil, ya que el padre fue testigo de la demagogia de los rojos y el resto de la familia de la demagogia Blanca en Vera (1997: 287), aunque sobrevivieron porque Julio ingresó en una lista colectiva para ingresar en Falange y su padre por la posesión de un carnet de la C. N. T. (1997: 294).
En un tono menor también son interesantes las anécdotas sobre el sistema académico que sufrió Julio Caro Baroja, ya fuera éste durante la escuela, instituto o universidad. Las horas le parecían larguísimas, inacabables  y no conservaba de ellas ningún buen recuerdo. (1997: 145). También en este anecdotario biográfico asoma su peculiar misoginia, al considerar que las alumnas de la ILE son aplicadas, cumplidoras, obedientes y sumisas, les falta chispa e inteligencia. Cuando no son equilibradas parecen cuerpos inertes y de vez en cuando sale alguna con caracteres tremebundos de pandorga contestataria (1997: 158)
También encontramos en estas páginas a los que fueron sus padres intelectuales: Aranzadi, el padre Barandiarán y Hugo Obermaier (1997: 218). En el resto de páginas sólo encontramos críticas a la universidad, entre las que destaca aquella que se produce por su abandono de los estudios de arqueología a la que definió como estudios de: pucherología trascedental o la ciencia de averiguar los caracteres de hombres mediante pucheros quebrados (1997: 219). Los pasajes antropológicos son escasos. Nos habla brevemente de cómo la familia también condicionó su actividad profesional, ya que se hizo antropólogo por amor a Vera y cargó su vida de quehaceres culturales para, según sus palabras, olvidar la violencia de la vida pública, las zozobras familiares, los pensamientos obscenos y la lujuria no satisfecha (1997: 270). En relación con su trabajo de antropólogo, al final del libro habla de su paso por Andalucía entre 1949 y 1950, donde aparecen ciertas reflexiones audaces sobre el descuido hacia el jornalero y su mal trato (1997: 433) o cómo Andalucía históricamente se ha convertido en escombrera de mina de la civilización mediterránea (1997: 440)
Por último, sólo cabe reseñar que, como su vida, tampoco su escritura es excesivamente alegre, en muchos casos nos recuerda la escritura de los escritores realistas del siglo XIX, excesivamente descriptiva, redundante, decimonónica. Desde los inicios el autor nos indica que escribe desde la vejez, sin apasionamientos, casi desde la ataraxia, donde se ha ido tanto lo bueno como lo malo. La biografía la comenzó a escribir en 1957, cuando se sentía un muerto con cierta inteligencia (1997: 10). Así se sentía y… como no puede ser de otro modo, así sentimos nosotros, a veces, su escritura. 

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